Hace unos días, hablaba con un hombre mayor que había perdido a su esposa recientemente, después de una enfermedad del corazón de unos 25 años de evolución, varias intervenciones quirúrgicas, numerosos ingresos en el hospital y asistida en el centro de salud que la correspondía, había fallecido en su domicilio rodeada de sus familiares. Me decía que él tenía elementos que le permitían valorar los cambios que durante este tiempo se habían producido en la sanidad española.
A nivel tecnológico, manifestaba que si no hubiera sido por la mejora en los medios técnicos, su mujer, estaba seguro, hubiera muerto hace ya años. Recordaba como habían sido testigos del deterioro del hospital en cuanto a lo que llamamos hostelería, producto del tiempo pasado, el mal uso que le daban los propios usuarios y algo de falta de mantenimiento.
En cuanto al personal, sabía el nombre de cuantas enfermeras y médicos atendieron a su mujer, decía que ella les llamaba “mis médicos, mis enfermeras”. Mientras fue tratada en el hospital acudía periódicamente al centro de salud para proveerse de medicinas, hacerse algún control analítico o cuando tenía alguna alteración menor. El trato fue correcto pero sin desarrollar ese grado de confianza que le inspiraba el personal del hospital.
Cuando llegó el momento en que empeoró y ni la ciencia, ni la tecnología podían hacer más para que recuperara la salud, se lo plantearon y le propusieron que fuera en el centro de salud donde siguieran su evolución, para evitar las molestias de los desplazamientos al hospital. Y aquí es donde él reconocía los mayores cambios, se sintieron apoyados, acompañados en tantas incertidumbres que se les avecinaban, ¿cómo será el final? ¿Sufrirá mucho? ¿Qué podremos hacer?
Cuando acudían al centro con anterioridad esporádicamente, repite, que el trato fue correcto, pero sin cercanía, ahora desde que recibieron el informe tanto el médico como la enfermera que les correspondía, trataron de controlar todos los síntomas que hacían sufrir a la enferma, proporcionándole así la mejor calidad de vida posible.
Durante el tiempo que duró el proceso anterior a la muerte, se fue creando un clima de confianza mutuo, aseguraba que aquellos profesionales, le recordaban al médico y practicante de su pueblo de hace más de sesenta años, que venían a la casa, se sentaban en la cama del enfermo, aceptaban un café si se lo ofrecían, charlaban con enfermos y familiares, creando así una relación entre humanos que si no curaba, paliaba mucho el sufrimiento del enfermo y familiares.
Hoy que según las estadísticas se están invirtiendo las cifras y que cada vez más pacientes viven en situación terminal en sus domicilios, las enfermeras de Atención Primaria adquieren un papel muy relevante no solo en el cuidado de estos enfermos, sino de toda la familia y fundamentalmente del cuidador principal. La ayuda es un fenómeno universal, que hace sentirse bien tanto a quien la recibe como a quien la presta.
Los humanos somos una de las especies que más depende del apoyo de sus congéneres, nacemos indefensos y precisamos cuidados durante un largo período de tiempo, seguimos necesitándolos siendo adultos y en la etapa próxima a la muerte, precisamos recibir atención y afecto de las personas que nos rodean.
Fe Bregel Gabaldón
Subdirectora de e·ducare21